Si una persona perdiera la vista, se sentiría instantáneamente indefensa, vulnerable y abrumada. Andaría a tientas en la oscuridad, incapaz de distinguir la derecha de la izquierda, el peligro de la seguridad o al enemigo del amigo. Para esa persona, incluso caminar por la familiaridad de su propio hogar se convertiría en un desafío.
Ahora imaginemos a una persona cuyos ojos están sanos, pero cuya visión interior —la visión del corazón— está ciega. Mira el mundo, pero no percibe las señales de Al·lah Ta‘ala (el Todopoderoso) que la rodean. Puede admirar el esplendor de una puesta de sol, la complejidad del diseño de una hoja o el imponente movimiento de los océanos, pero ello no despierta ningún pensamiento, ninguna emoción ni ningún anhelo en su corazón. Sus ojos pueden ver, pero su alma permanece ciega.
Al·lah Ta‘ala declara en el Sagrado Corán:
فَإِنَّهَا لَا تَعْمَى الْأَبْصَارُ وَلَٰكِن تَعْمَى الْقُلُوبُ الَّتِي فِي الصُّدُورِ
«En efecto, no son los ojos los que se quedan ciegos, sino los corazones que habitan en el pecho.»
(Sura Al-Hayy, aleya 46)
La verdadera ceguera no es la pérdida de la vista física. Más bien, es la incapacidad de reconocer la grandeza de Al·lah Ta‘ala y de conectar lo que uno contempla con Aquel que lo creó. La persona verdaderamente ciega es aquella que ve diariamente los signos de Al·lah Ta‘ala, pero permanece impasible, indiferente e inconsciente.
El gran comentarista del Sagrado Corán, el Imam Muyahid (rahimahul·lah, que Al·lah tenga misericordia de él), explica que todo ser humano ha sido dotado de cuatro ojos: dos en el rostro, a través de los cuales percibe los asuntos fugaces de este mundo, y dos en el corazón, mediante los cuales percibe las realidades del Más Allá. Si los ojos externos están privados de la vista, pero los ojos del corazón permanecen abiertos, esa ceguera no le ocasionará ninguna pérdida real. Sin embargo, si los ojos externos están sanos mientras que los ojos del corazón permanecen velados por la oscuridad, entonces su visión mundana no le será de ningún beneficio. [Tafsir Qurtubi, vol. 14, pág. 419]
Una de las mejores curas para esta ceguera interior es dedicar tiempo al Tafakkur: detenerse a meditar profundamente sobre la creación de Al·lah Ta‘ala. Esta fue una práctica constante de los piadosos a lo largo de la historia. Es esta reflexión la que transforma las escenas cotidianas en momentos de reconocimiento y conexión con el Creador, Al·lah Ta‘ala.
Cada reflexión sobre la creación de Al·lah Ta‘ala es como una gota de agua que cae sobre la tierra reseca del corazón, revitalizándola gradualmente hasta que florece en un jardín de imán.
Consideremos a la sencilla abeja. Revolotea sobre las flores, recolectando néctar, y luego regresa a su colmena, donde trabaja en perfecta armonía con miles de otras. De ello produce miel, un líquido dulce que no solo nutre, sino que también sana. ¿Qué poder guía a la abeja hacia las flores que debe elegir? ¿Quién le infundió tal precisión y disciplina? No es otro que Al·lah Ta‘ala.
Reflexiona sobre el delicado equilibrio que permite que una sola gota de lluvia reviva un árbol marchito. Considera el ciclo incesante del sol, que siempre sale y se pone a la hora señalada. Medita sobre la complejidad del ojo humano, capaz de captar colores y formas con un asombroso nivel de detalle. Cada una de estas cosas es un signo, un testimonio de la sabiduría y del poder de Al·lah Ta‘ala.
El Sagrado Corán nos anima repetidamente a reflexionar sobre los cielos y la tierra, la alternancia del día y la noche, la lluvia, las montañas y los animales, no como una mera observación o entretenimiento, sino para despertar nuestros corazones. Quien reflexiona con sinceridad no puede sino sentirse humilde ante la magnificencia de Al·lah Ta‘ala y atraído hacia Él con amor, reverencia y sumisión.
A Ummud Darda (radiyal·lahu anha —que Al·lah esté complacido con ella—) le preguntaron una vez cuál era la mejor acción de su esposo, Abud Darda (radiyal·lahu anhu). Ella respondió que era su contemplación. [Musannaf Ibn Abi Shaibah, n.º 35729] En otra ocasión, el propio Abud Darda (radiyal·lahu anhu) dijo: «Un solo momento de reflexión es mejor que permanecer en salah durante toda la noche». [Musannaf Ibn Abi Shaibah n.º 35729]
Estamos rodeados de señales: desde las estrellas que adornan la noche hasta los pájaros que surcan el cielo. Sin embargo, si nuestros corazones están ocupados y distraídos, miraremos, pero nunca veremos de verdad; observaremos, pero nunca comprenderemos.
Dedica unos minutos cada día a observar tu entorno y a reflexionar. No te limites a pasar de largo ante el amanecer ni a ignorar las gotas de lluvia. Haz una pausa… Observa… Piensa… ¿Quién creó todo esto? ¿Por qué lo hizo tan hermoso? ¿Qué mensaje me transmite?
Mediante este sencillo hábito, nuestros corazones comenzarán a ablandarse. Nuestros ojos empezarán a ver de verdad. Poco a poco, los velos se levantarán, permitiéndonos contemplar el mundo no solo a través de los ojos, sino también mediante la luz de la fe y la iluminación del corazón.
Este artículo fue publicado gracias a la colaboración de USWATUL MUSLIMAH.

