Es una fría mañana de invierno, y los cálidos rayos del sol acarician suavemente el balcón. Una madre está sentada bajo el tenue sol, con una taza de café caliente en la mano, saboreando unos momentos de paz tras una larga noche despertándose cada hora para atender a su hijo.
De repente, oye el leve llanto. Ese solo sonido es suficiente para hacerla olvidar su café y su cómodo rincón al sol. En un abrir y cerrar de ojos, lo deja todo, corre a la habitación, coge a su hijo, lo abraza y hace todo lo posible por consolarlo. Este es el amor ejemplar que una madre siente por su hijo. No puede ver que su hijo se sienta incómodo ni un solo instante. Ese «llanto» fue suficiente para que respondiera.
El dicho “Nadie te quiere más que tu madre” es tan conocido como ampliamente aceptado. Entre todas las formas de amor humano, el amor de una madre por su hijo suele considerarse el más profundo. Así, en el ámbito del amor, es el amor de una madre por su hijo lo que se considera proverbial.
El amor de una madre comienza incluso antes de que nazca su hijo, desde el momento en que se entera de que está embarazada. Desde entonces, su amor por el feto es tan inmenso que sacrifica voluntariamente sus hábitos alimenticios y de sueño, y soporta el dolor y la incomodidad física, todo por el bien del niño. Finalmente, meses de dificultades —tobillos hinchados, acidez, náuseas y tensión física— culminan en el parto, la experiencia más insoportable de todas.
Sin embargo, a pesar de toda la agonía que soporta, el momento en que sostiene a su bebé por primera vez, contemplando con asombro sus delicados dedos de las manos y los pies, es uno de los momentos más felices y alegres de su vida.
Tal es el amor de una madre que siempre antepondrá a su hijo a sí misma. Sufrirá con gusto para consolarlo y no escatimará esfuerzos para hacerlo feliz.
Tras reflexionar sobre el profundo amor de una madre, pregúntate: “¿Quién puso este amor en su corazón?”… Él es el mismo Ser que te ama más que una madre a su hijo. Si te ama más que a tu propia madre, ¿por qué no respondería cuando elevas tus manos ante Él y derramas lágrimas en súplica?
Una madre hará todo lo posible por consolar a su hijo, pero siendo humana, su capacidad es limitada. En cuanto a Al’lah, el Altísimo, Él es Todopoderoso y puede resolver cualquiera de nuestros problemas fácilmente en cuestión de segundos.
Qué lamentable es que hoy hayamos olvidado esta gran arma y don: El Dua (la súplica). Así como un soldado no es soldado sin un arma, un estudiante no es estudiante sin una pluma, y un carpintero no es carpintero sin una herramienta, ¿cómo puede un creyente pasar el día sin súplica y Dua?
Vivimos en una época en la que la gente confía en sus «contactos». Ante una dificultad, se apresuran a buscarles ayuda. Pero, sean quienes sean, siguen siendo seres mortales. Incluso si están en la lista de llamada rápida, ¿con qué frecuencia la llamada no es contestada, simplemente porque no quieren ser molestados?
En cambio, no necesitas un teléfono ni cobertura para conectarte con Al’lah. A contraste de las personas, cuanto más Le pides, más complacido estará. Solo necesitamos dar el primer paso: recurrir a Él en Dua.
Al’lah Ta’ala dice en el Glorioso Corán:
وَقَالَ رَبُّكُمُ ٱدْعُوْنِىٓ أَسْتَجِبْ لَكُمْ
Su Señor dice: “Invóquenme, que responderé [sus súplicas]”.
Este artículo fue preparado gracias a la colaboración de USWATUL MUSLIMAH.

