Sentarse con tu hijo unos minutos cada mañana, abrir juntos el Corán y recitar cinco aleyas, o incluso algunas más, es un acto sencillo con un profundo impacto.

Esto siembra el amor por el Corán en su corazón mucho antes de que comprenda plenamente su significado. Los recuerdos de ver a su padre o a su madre recitar, escuchar las palabras de Al’lah y compartir esos momentos de tranquilidad se convierten en parte de su identidad y de su mundo interior.

Los niños no desarrollan amor por el Corán de la noche a la mañana. Ese amor se cultiva mediante la exposición constante, la compañía afectuosa y la conexión diaria. Si deseas que tu hijo llegue a ser un hafiz del Corán algún día, comienza por ayudarle a enamorarse de él hoy.

Un niño que crece escuchando el Corán cada mañana aprende que no es un libro reservado para ocasiones especiales, sino un compañero vivo, una fuente de guía, consuelo y bendición.

Nunca subestimes el poder de unos pocos minutos al día. El camino hacia la memorización del Corán suele comenzar con un niño sentado junto a uno de sus padres, mientras este abre el Corán y recita con sinceridad.

Los pequeños momentos cotidianos crean vínculos para toda la vida. Unas pocas aleyas hoy pueden convertirse mañana en toda una vida junto al Libro de Al’lah Ta’ala.