Crecí en un hogar modesto, pero lleno de amor. Mis padres se amaban profundamente y nos amaban aún más. Éramos cuatro hermanos: dos hermanas y dos hermanos. Yo era la menor.
Mi madre tenía 50 años y trabajaba sin descanso. Cada mañana se levantaba antes del Fayr para preparar samosas para sus clientes. Contaba cuidadosamente cada moneda que ganaba y ahorraba hasta el último centavo. Nunca había dinero para pequeños caprichos. Si quería comprar algo después de la escuela, tenía que esperar hasta el día de pago. Nada se desperdiciaba. Cada sacrificio tenía un solo propósito: darnos una vida mejor.
Mi padre tenía 52 años y era un vendedor común y corriente. Trabajaba de ocho de la mañana a cinco de la tarde, seis días a la semana. Su sueldo era bajo y, a veces, se retrasaba. Se le olvidaban cosas sencillas, como recogerme a tiempo o comprarme los materiales que necesitaba para el día de manualidades. Pero, por la noche, se sentaba al borde de mi cama y me decía:
—Hija mía, estamos trabajando por nuestro futuro y el de nuestros hijos. Ten paciencia conmigo. Te prometo que algún día todo esto habrá valido la pena.
Siempre que papá tenía una hora libre, nos la dedicaba por completo. Nos llevaba a comprar el helado más barato y hacía que supiera a oro. Jugaba al fútbol con nosotros en el jardín y a interminables partidas de Uno alrededor de la mesa del comedor. Nos quería con todo su ser.
Pero, de niña, no siempre lo veía así. Tenía primas cuyos padres las llevaban a destinos de ensueño. En cada periodo de vacaciones parecía que tomaban un avión rumbo a algún lugar. Regresaban con fotografías de playas exóticas y hoteles de lujo. Mientras tanto, nuestras vacaciones consistían en una excursión por la zona, un picnic, una tarde en el parque o un helado si papá recibía su comisión esa semana.
Los observaba y sentía un nudo en la garganta. ¿Por qué nosotros no podíamos viajar como ellos? ¿Por qué no podíamos alojarnos en hoteles de lujo?
No me daba cuenta de que mi padre me estaba dando algo que el dinero jamás podría comprar: su tiempo.
Años después comprendí que algunos niños recorren el mundo con sus padres, pero apenas los conocen. Yo tenía un padre que se sentaba en el suelo para jugar con nosotros. Un padre que escuchaba, reía y amaba. Pero los niños suelen fijarse primero en lo que les falta antes que en lo que tienen.
Después del colegio estudié Diseño de Interiores y me gradué a los 22 años. Fue entonces cuando comenzaron las conversaciones sobre el matrimonio. Recibí propuestas de hombres eruditos, memorizadores del Corán, médicos, hombres de buena familia, amables, inteligentes y con fe.
Pero yo tenía una lista de requisitos. Quería un marido extremadamente rico, muy guapo, con una excelente educación, profundamente devoto, exitoso, sofisticado, de mente abierta, elocuente, seguro de sí mismo y refinado.
A todos les faltaba algo. Eran devotos, pero no ricos. Ricos, pero no atractivos. Guapos, pero poco religiosos. De buen carácter, pero con ingresos promedio.
Perseguía una fantasía que no existía.
Los meses se convirtieron en años.
Entonces, a los 25, llegó una propuesta. Lo tenía todo. Alto y extraordinariamente atractivo. Educado. Exitoso. De buenos modales. Seguro de sí mismo. Religioso. Respetado. Perteneciente a una familia adinerada. Cumplía con todos mis requisitos.
Me dije que me lo merecía después de haber visto a mis padres luchar durante tantos años. No quería una vida de clase media. Quería seguridad, comodidad, lujo y tranquilidad.
La boda fue en Dubái, en el Atlantis, en el Salón Real de Baile. Candelabros de cristal, flores frescas y una recepción de la que se habló durante semanas. Nuestra luna de miel fue en el Royal Mansour de Marrakech, entre riads privados y jardines perfumados con azahar. Cinco días que parecieron un sueño.
Y entonces llegó la realidad.
Me mudé a Oriente Medio a los 26 años. Además, no tenía suegra ni cuñadas. En aquel momento pensé que era una bendición. Sin interferencias, sin tensiones. Solo mi marido y yo.
Pero no esperaba la soledad.
No había una figura materna que me preguntara cómo había ido mi día. Ninguna cuñada con quien compartir un té y una conversación. La casa era grande y hermosa, pero también profundamente silenciosa.
Porque la paz, cuando no hay personas con quienes compartirla, puede sentirse muy vacía.
Apenas un mes después empecé a comprender cómo era realmente su mundo. Mi esposo tenía 32 años y el negocio absorbía toda su vida. Reuniones desde la mañana hasta la noche. Viajes cada pocas semanas. Siempre demasiado ocupado para sentarse a tomar un té, para preguntarme cómo había estado mi día o para darse cuenta de cuándo me sentía mal.
La mansión era enorme. Había autos de lujo en la entrada y ropa de diseñador en los armarios. La imagen familiar era importante. Todo parecía diseñado para impresionar al mundo exterior.
Sin embargo, en medio de tanto lujo, curiosamente faltaban cosas básicas.
Había días en los que estaba en aquella inmensa cocina y descubría que no teníamos ingredientes esenciales. Cuando preguntaba, la respuesta de mi esposo siempre era la misma:
—Estamos ahorrando para el futuro. Estamos invirtiendo en lo que vendrá. No podemos desperdiciar dinero en pequeñeces.
No podía gastar libremente. Cada dírham tenía un destino, y ese destino siempre estaba en el futuro.
La compra de una olla nueva se posponía porque estábamos construyendo una casa. Un paquete de galletas se consideraba un gasto innecesario porque ese mes había que reducir costos. Comprábamos la comida al por mayor y la racionábamos cuidadosamente para ahorrar e invertir. Incluso la fruta de la semana se medía con cuidado, porque el futuro siempre ocupaba el primer lugar y el presente quedaba relegado.
Lo que más me impactó fue lo diferente que era de aquello con lo que había crecido.
Mi padre era un simple vendedor, pero jamás me hizo sentir una carga ni invisible.
En la casa de mis padres el tiempo transcurría despacio y la presencia era constante. Aquí el tiempo corría deprisa y todo el mundo estaba ocupado.
La gente suponía que vivía rodeada de lujos porque mi marido pertenecía a una familia adinerada de empresarios.
La realidad era muy distinta.
Sí, había riqueza. Pero esa riqueza exigía una dedicación constante. Todos trabajaban. Todos viajaban. Todos estaban ocupados.
Cada dos meses mi marido viaja al extranjero durante tres o cuatro días. A veces me lleva con él.
La gente dice:
—¡Qué suerte tienes! Viajas por todo el mundo.
Lo que no ven es que paso el día sola en hermosas habitaciones de hotel con vistas al horizonte de la ciudad, mientras él permanece en reuniones desde el amanecer hasta el anochecer.
Espero junto a la ventana observando los coches pasar. La suite sigue siendo grandiosa, pero permanece en silencio. El servicio de habitaciones llega en bandejas de plata, pero nadie conversa durante la comida.
La soledad de la que creía haber escapado también me encuentra allí.
A veces me digo que esperaré a que él llegue para cenar juntos. Imagino una conversación sobre nuestro día.
Pasan las horas.
La tarde se convierte en noche.
La noche, en madrugada.
Entonces suena el teléfono.
—Lo siento, llegaré tarde.
O:
—Ya he cenado con unos clientes.
La comida que esperé deja de importar.
La habitación parece aún más grande.
Y el silencio, mucho más pesado.
No me quejo.
Alhamdulil·lah, doy gracias a Al·lah cada día. Tengo seguridad y comodidades que muchas personas no tienen.
Solo comparto esto para las jóvenes que creen que la riqueza trae felicidad automáticamente.
Un boleto de primera clase no puede reemplazar una conversación sincera.
Un hotel de cinco estrellas no puede sustituir el calor de la familia.
Un automóvil de lujo no puede reemplazar la compañía.
Una fotografía perfecta no puede capturar la soledad.
Lo que soñamos desde lejos suele verse muy distinto cuando lo vivimos de cerca.
Han pasado tres años desde mi boda.
Mi esposo es un buen hombre, pero siempre está ocupado. El hombre apuesto con el que soñaba rara vez está en casa. Y cuando está, su mente permanece en otra parte.
Cuando le pido tiempo, me responde con dulzura:
—Hago todo esto por nosotros y por nuestro futuro.
Sé que lo dice con buena intención.
Pero una esposa necesita más que dinero.
Necesita compañía.
Conversación.
Presencia.
Conexión.
El amor no puede sostenerse únicamente con dinero.
Ahora, a los 29 años, anhelo tener un bebé. Mi corazón desea escuchar pequeños pasos en esta enorme casa silenciosa.
Hoy comprendo a mi madre más que nunca.
Y también comprendo a mi padre.
Oh, Al·lah, perdóname por todas las veces que juzgué a mi padre y pensé que no hacía lo suficiente.
No veía sus sacrificios.
Ahora los veo con claridad.
Olvidaba cosas sencillas porque estaba cargado de preocupaciones, pero jamás olvidó amarnos.
Siempre repetía que estaba trabajando por nuestro futuro y por el de sus hijos, y que debíamos tener paciencia.
Pensé que eran excusas.
Ahora sé que decía la verdad.
Y a las madres quisiera decirles algo:
Por favor, no se quejen del sueldo de sus maridos delante de sus hijas, ni siquiera sin darse cuenta.
Esas palabras se quedan grabadas.
Moldean la imagen que una hija construye de su padre.
Le enseñan a perseguir la riqueza antes que los valores.
Nuestras palabras tienen poder.
Y nuestras hijas siempre están escuchando.
Extraño la voz de mi madre.
Su recitación del Ayatul Kursi cada mañana.
Su insistencia en que terminara mi comida o en llevarme un sándwich a la escuela.
Extraño la risa de mi padre.
Los largos paseos en un pequño coche hablando y bromeando.
Las salidas por un helado.
¡Qué vida tan plena tenía, aunque era demasiada joven para darme cuenta!
No éramos ricos en dinero.
Éramos ricos en tiempo, cariño, presencia y amor.
Extraño nuestras comidas sencillas.
La mesa llena, donde todos hablaban al mismo tiempo.
Los juegos.
Las trampas.
Las rabietas.
Las historias.
Extraño estar rodeada de personas que tenían poco, pero me lo dieron todo.
Por primera vez veo con claridad mi ingratitud.
Veo cómo pasé por alto tantas bendiciones mientras perseguía las apariencias.
También comprendo que los niños que crecen sintiéndose privados muchas veces terminan yéndose al extremo opuesto.
En lugar de buscar equilibrio, buscan exceso.
En lugar de conformarse con lo suficiente, quieren tenerlo todo.
Y, en esa búsqueda, pierden de vista lo que realmente importa.
Hoy, si pudiera hablar con cada joven que se prepara para el matrimonio, le diría:
No se casen con una cuenta bancaria.
No se casen con una fotografía.
No se casen con una fantasía.
Cásense con una persona.
Busquen la fe y el Iman.
Busquen el carácter.
Busquen la bondad.
Busquen la madurez emocional.
Busquen la responsabilidad.
Busquen a alguien que permanezca a su lado cuando la vida se vuelva difícil.
Busquen a alguien que las honre, respete a sus padres y las ayude a acercarse más a Al·lah.
El dinero importa.
La atracción importa.
La compatibilidad importa.
Pero ninguna de esas cosas, por sí sola, construye un hogar en paz.
Pidan a Al·lah bendiciones antes que riquezas.
Pidan apoyo antes que estatus.
Pidan fortaleza antes que lujos.
Porque un hogar pequeño, lleno de amor, gratitud y del recuerdo de Al·lah, puede sentirse como un pedazo del Paraíso en la tierra.
Y un palacio sin todo eso puede sentirse dolorosamente vacío.
Que Al·lah conceda a nuestras hijas sabiduría para elegir a su cónyuge.
Que conceda a nuestros hijos un carácter noble.
Que bendiga los matrimonios con amor, misericordia, compañía y barakah.
Y que nos permita reconocer las bendiciones que ya tenemos antes de dedicar nuestra vida a perseguir aquellas que solo imaginamos.
