Había un sepulturero en Damasco, de unos 50 años, llamado Abdur Rahman. Trabajaba en el cementerio de Dahda, donde se ganaba la vida. Todo aquel que ha estado en Damasco conoce este cementerio.
Un día llegó una mujer y le pidió que cavara una tumba para su hijo, que había fallecido. Abdur Rahman la preparó y, tras el Yanazah (funeral), su hijo fue enterrado. Cuando todos se marcharon, el sepulturero vio con sus propios ojos que dos hombres celestiales llegaron a caballo y transformaron la tumba en un jardín del Paraíso. Quedó tan sobrecogido por su belleza que se desmayó. Al recobrar el conocimiento, pensó que todo lo que había visto era un sueño, así que lo ignoró.
Un mes después, la misma mujer regresó con su segundo hijo, que también había fallecido. Cuando todos se marcharon Abdul Rahman, el sepulturero, vio exactamente lo mismo. Por lo que esta vez le preguntó a la mujer:
-¿Quiénes son estos hijos tuyos? He visto lo mismo dos veces y no puedo imaginármelo.
Ella le respondió:
-Mi primer hijo era estudiante del Din, y mi segundo trabajaba y pagaba para que su hermano pudiera estudiar el Din.
«Así es como Al’lah honra al buscador del conocimiento y a quien facilita a otros la búsqueda del conocimiento del Din».
