A una persona de Bagdad llamada Abu Abdil’lah Al-Hashimi (rahimahul’lah) se le confiaron 10,000 dinares (monedas de oro) pertenecientes a un niño huérfano. Tiempo después, esta persona atravesó una época de dificultades económicas que lo llevó a usar el dinero del huérfano que le fue confiado.
Cuando el niño alcanzó la adultez y fue capaz de administrar su propio patrimonio, el gobernador ordenó que se le devolviera su riqueza. Por lo tanto, se le envió un mensaje a Abu Abdil’lah para que trajera el dinero y se lo entregara al huérfano. Al recibir este mensaje, Abu Abdil’lah se sumió en una profunda desesperación y preocupación, sin saber cómo podría pagar el dinero adeudado.
A la mañana siguiente, Abu Abdil’lah partió temprano en su vehículo rumbo a Karj (la región occidental de Bagdad). Su vehículo se detuvo frente a la puerta de una mezquita, cuyo imán era el gran Muhaddiz (erudito del hadiz), Dalayy Bin Ahmad (rahimahul’lah). Como era el tiempo del Salah de Fayr, entró en la mezquita y ofreció el Salah detrás de Dalayy (rahimahul’lah). Tras completar el Salah, Dalayy se giró hacia Abu Abdil’lah y le dio una cálida bienvenida. Después, lo acompañó a su casa.
Al entrar en la casa y sentarse, la sirvienta de Dalayy extendió un fino mantel y sirvió un plato dulce. Dalayy lo invitó a comer diciéndole: «El honorable invitado debe comer». Abu Abdil’lah comenzó a comer, pero apenas podía hacerlo debido a la preocupación que lo embargaba. Al notarlo, el anfitrión le preguntó: «Te veo angustiado. ¿Qué ha sucedido?». Abu Abdil’lah aprovechó la oportunidad para desahogarse y comenzó a relatar lo que estaba pasando.
Después de que Abu Abdil’lah le explicara su situación, Dalayy lo consoló diciéndole: «Come, porque tu necesidad se satisfará». Después, les trajeron otro plato dulce, del cual disfrutaron. Cuando terminaron de comer, Dalayy se dirigió a su sirvienta y le pidió que abriera cierta puerta de la casa. La puerta se abrió a una bóveda que estaba llena de bolsas de cuero. Entonces llamó a un esclavo con una balanza/báscula para que pesara 10,000 dinares y luego Dalayy se los entregó a Abu Abdil’lah diciéndole: «El honorable (invitado) debe tomar esto».
Abu Abdil’lah se llenó de alegría ante este repentino giro de los acontecimientos. Le pidió a Dalayy que lo registrara como préstamo, luego montó en su carruaje y colocó la bolsa de dinero en el arco del sillín, cubriéndola con un chal. Partió entonces hacia su ciudad natal y acudió rápidamente al gobernador, ahora con plena confianza. Presentó la riqueza al gobernador y el cadí (juez) principal fue llamado junto con los testigos y las partes necesarias para que la riqueza pudiera ser entregada oficialmente al joven huérfano. El joven huérfano fue llamado y la riqueza le fue entregada. Abu Abdil’lah fue recibido con elogios y gratitud por mantener a salvo la riqueza de un huérfano.
Al regresar a casa, un funcionario del gobierno lo llamó y le ofreció hacerse cargo de sus inversiones a cambio de una parte de las ganancias. Abu Abdil’lah aceptó la propuesta y así comenzó su sociedad. En tan solo tres años, Abu Abdil’lah acumuló unas ganancias sustanciales de 30,000 dinares.
Separó 10,000 dinares y se dirigió donde Dalayy para devolverle su dinero. Llegó a la mezquita en el tiempo del Salah de Fayr y ofreció la oración detras de él. Cuando Dalayy se levantó y vio a Abu Abdil’lah, lo invitó de nuevo a su casa y le ofreció un plato dulce. A diferencia de la visita anterior, Abu Abdil’lah se encontraba ahora sereno y de buen humor. Después de la comida, Dalayy le preguntó a Abu Abdil’lah sobre su situación actual. Abu Abdil’lah le respondió: «Debido a las Gracias y la bondad de Al’lah, así como a tu favor (sobre mí), he obtenido 30,000 dinares». Después, le entregó 10,000 dinares a Dalayy como devolución del dinero que le había dado.
Al ver el dinero, Dalayy exclamó: «¡Subhanal’lah! ¡Por Al’lah! No di (este dinero) con la intención de recuperarlo». (Sorprendido por esta reacción), Abu Abdil’lah le preguntó: «¿De dónde proviene esta riqueza, para que me hayas dado 10,000 dinares (sin esperar nada a cambio)?».
Dalayy Bin Ahmad (rahimahul’lah) le explicó que creció memorizando el Sagrado Corán y estudiando la ciencia del hadiz. En una ocasión, un empresario se le acercó y le preguntó: “¿Es usted Dalayy Bin Ahmad?”. Dalayy le respondió afirmativamente. El hombre entonces le dijo: “Deseo entregarte mi riqueza para que puedas (utilizarla como capital y) hacer negocios”. Dalayy aceptó la oferta. El empresario le entregó cheques de un millón de dírham (monedas de plata) y le dijo que invirtiera esta riqueza con liberalidad. A partir de entonces, el comerciante continuó regresando año tras año, trayendo consigo la misma cantidad de capital y entregándosela a Dalayy.
En una ocasión, durante su reunión anual, el comerciante le dijo a Dalayy: “Como sabes, viajo muy a menudo por el mar. Si me llega alcanzar lo que Al’lah ha predestinado para toda Su creación (es decir, la muerte), entonces toda esta riqueza es tuya, con la condición de que la gastes en caridad, construyendo mezquitas y haciendo buenas obras”.
En consecuencia, después de la muerte del negociante, Dalayy continuó gastando su riqueza en buenas obras y Al’lah Ta’ala, continuó aumentando su riqueza. Tras narrar este incidente, Dalayy le pidió a Abu Abdil’lah que mantuviera esto [su acto de generosidad con la gente] en secreto mientras estuviera vivo.
[Tariju Bagdad vol. 9, pág. 369]
Lecciones:
- Una característica destacada de los siervos piadosos de Al’lah Ta’ala era su admirable capacidad para honrar a sus invitados. La hospitalidad y el entretenimiento eran cualidades comunes del musulmán promedio, incluso hasta hace poco. Esto contribuía enormemente a las bendiciones y la felicidad que la gente disfrutaba. Una de las consecuencias del materialismo es que, aunque las casas se han vuelto mucho más grandes, los corazones se han vuelto muy pequeños. Por lo tanto, recibir invitados se considera una gran carga, aunque puedan ser parientes consanguíneos.
- Las obras de generosidad y los gestos de bondad deben realizarse únicamente para complacer a Al’lah Ta’ala, no por nombre y fama, ni por ninguna ganancia económica. De hecho, ni siquiera deberíamos desear un «gracias» ni ninguna otra forma de agradecimiento. Cuando Abu Abdil’lah se encontraba en una situación desesperada, Dalayy (rahimahul’lah) le dio la cantidad completa sin esperar nada a cambio. Su intención era simplemente ayudar por la causa de Al’lah Ta’ala. Incluso años después, cuando Abu Abdil’lah regresó con el dinero para pagarle, la intención de Dalayy (rahimahul’lah) no había cambiado, lo que demuestra que su generosidad inicial nunca estuvo ligada al beneficio personal, sino únicamente a la complacencia de Al’lah Ta‘ala.
- Aunque Abu Abdil’lah cometió un error al usar la riqueza del huérfano, Sin embargo, tenía la sincera intención de devolverla y cumplir con el encargo. Por lo tanto, a pesar de su error, albergaba preocupación y arrepentimiento, y Al’lah Ta‘ala, por Su misericordia, dispuso que pagara la riqueza a tiempo. Cuando la intención de una persona es sincera, Al’lah Ta‘ala le brinda tranquilidad y alivio, incluso después de un momento de debilidad.
Este artículo fue preparado gracias a la colaboración de USWATUL MUSLIMAH.
