Terremotos… Inundaciones… Tsunamis… Incendios… Huracanes… Sequías… Epidemias… Disturbios y agitación social…

Estos son algunos de los desastres naturales y las calamidades que han dominado los titulares a nivel mundial. En el ámbito local, más allá de las inundaciones periódicas, los cortes programados de agua o electricidad y el riesgo de un colapso total de la red eléctrica son motivos de preocupación y ansiedad para la población.

En el Sagrado Corán, Al·lah Ta‘ala (el Altísimo) nos informa de que las calamidades y los desastres suelen sobrevenir a una localidad debido a las malas acciones y los pecados cometidos en ella. Al·lah Ta‘ala dice:

«Se puede ver la devastación en la Tierra y en el mar como consecuencia de las acciones del ser humano. Han de padecer el resultado de lo que cometieron; quizás así recapaciten».

[Sura Ar-Rum, aleya 41]

Por lo general, las personas se centran en las causas externas de las calamidades, como el movimiento y el desplazamiento de las placas tectónicas o el calentamiento global, entre otras. Sin embargo, desde la perspectiva de la fe, todos los sistemas naturales de nuestro entorno están bajo el control exclusivo de Al·lah Ta‘ala.

Por ello, a menudo vemos el cielo cubierto de nubes oscuras que normalmente anuncian lluvia y, sin embargo, pese a nuestras expectativas, basadas en experiencias previas, e incluso cuando los meteorólogos pronostican precipitaciones, no cae ni una sola gota. Esto nos recuerda que la lluvia está bajo el control y el mandato de Al·lah Ta‘ala.

La aleya del Sagrado Corán citada anteriormente nos enseña que, en lugar de centrarnos únicamente en las causas científicas de una calamidad, debemos examinar nuestras propias acciones y reflexionar sobre nuestro comportamiento, a fin de alejarnos de dichas desgracias volviéndonos hacia Al·lah Ta‘ala con arrepentimiento sincero.

Las dificultades, calamidades y adversidades provocadas por el pecado pueden llegar a ser tales que, cuando fallece una persona muy pecadora, todos sienten alivio por su ausencia. En este sentido, se relata que, en cierta ocasión, al pasar un cortejo fúnebre frente al Mensajero de Al·lah (ﷺ, que la paz y las bendiciones de Al·lah sean con él), este dijo:

«Es alguien que obtiene alivio o alguien de quien los demás obtienen alivio».

Cuando los Compañeros (radiyal·lahu anhum, que Al·lah esté complacido con ellos) le preguntaron al Mensajero de Al·lah ﷺ qué significaban aquellas palabras, él respondió:

«Cuando fallece, el creyente piadoso obtiene alivio de las penurias y dificultades de este mundo y se dirige hacia la misericordia de Al·lah Ta‘ala. En cambio, cuando fallece un siervo pecador, los demás siervos, la tierra, los árboles y los animales encuentran alivio». [Sahih Bujari, n.º 6512]

A menudo, cuando las personas persisten en el pecado, la lluvia puede verse retenida, lo que provoca que tanto la vegetación como los animales sufran las consecuencias. Por ello, los animales y otras criaturas que padecen durante la sequía comienzan a maldecir a los pecadores, pues estos son considerados la causa de dicha sequía. [Adaptado de Mirqat, vol. 4, pág. 70]

Los hadices nos enseñan que, en ocasiones, el castigo de Al·lah Ta‘ala desciende debido a la presencia de personas pecadoras en una comunidad o localidad. Como consecuencia, todos sus habitantes, tanto los piadosos como los pecadores, pueden verse afectados por la calamidad. Sin embargo, para los piadosos, esta no constituirá un castigo, sino una oportunidad para obtener recompensa mediante la práctica de la paciencia.

En cierta ocasión, Zeynab bint Yahsh (que Al·lah esté complacido con ella) preguntó al Mensajero de Al·lah ﷺ:

«¿Seremos destruidos aun cuando haya personas piadosas entre nosotros?».

El Mensajero de Al·lah ﷺ respondió:

«Sí, cuando el pecado y la maldad se propaguen ampliamente».

Es decir, cuando el pecado se extiende de manera generalizada, la calamidad puede alcanzar a todos. No obstante, los piadosos no serán resucitados junto con los impíos, y la calamidad no constituirá un castigo para ellos. [Sahih Bujari, n.º 3346]

De todo lo anterior comprendemos que, para protegernos de las calamidades y los desastres, debemos volvernos hacia Al·lah Ta‘ala mediante un arrepentimiento sincero (Taubah) y reformar nuestras vidas.

Sin embargo, esta reforma no debe limitarse a nuestra conducta individual. También es necesario esforzarnos por revitalizar la religión (Din) y la sunna en nuestras comunidades. Este esfuerzo debe comenzar en el hogar, con nuestras propias familias e hijos, pero no debe quedarse ahí. Por tanto, cada persona, según sus posibilidades, debe comprometerse con la causa de la religión y esforzarse por enaltecerla.

Al hacerlo, buscaremos obtener la complacencia de Al·lah Ta‘ala y de Su Mensajero ﷺ y, con el permiso de Al·lah, contribuir a alejar las calamidades de nuestras localidades.

Este artículo fue publicado gracias a la colaboración de USWATUL MUSLIMAH.