Cada persona lleva dentro de sí instintos básicos que, de manera subconsciente, sin que se dé cuenta, lo influyen y lo empujan a comportarse de cierta manera. Sin embargo, junto con estos instintos básicos existe otra fuerza: el intelecto humano, que comprende lo que Al’lah (Ta‘ala-el Altísimo) quiere de nosotros. En ocasiones, estas dos fuerzas entran en conflicto, y somos nosotros quienes decidimos cuál de ellas prevalecerá finalmente y determinará el curso de nuestras acciones.

Al ver a una persona extraña que nos resulta atractiva, nuestro instinto puede impulsarnos a levantar la mirada y contemplarla con deleite. Sin embargo, nuestro intelecto entiende que esto va en contra de la ley de Al’lah (Ta‘ala) y, por lo tanto, nos insta a ignorar nuestro impulso inferior y comportarnos con inteligencia, bajando la mirada.

Cuando escuchamos el Adhan (llamado) para el Salah (oración) de Fayr en una fría mañana de invierno, nuestro instinto nos empuja a permanecer en nuestra cálida y acogedora cama, consolándonos con la idea de que podremos ofrecer el Salah más tarde. No obstante, nuestra mente nos advierte contra esto y nos recuerda que la oración debe realizarse a tiempo y que nuestra recompensa será aún mayor debido a la dificultad de soportar el frío.

Del mismo modo, cuando nos enojamos, podemos perder la compostura, y nuestro instinto básico puede empujarnos a volvernos violentos, hablar de manera vulgar, romper lazos familiares o comportarnos de alguna forma inapropiada. Sin embargo, nuestro intelecto y entendimiento intervendrán y nos explicarán que, además de ser algo que desagrada a Al’lah (Ta‘ala), las consecuencias de dicho comportamiento serán desastrosas y duraderas. Por lo tanto, por el bien de nuestra religión (Din) y de nuestra vida mundana, debemos mantener la compostura y actuar con racionalidad.

En todas estas situaciones, donde nuestro impulso básico entra en conflicto con nuestra mejor comprensión de lo que complace a Al’lah (Ta‘ala), debemos ignorar nuestro impulso y actuar con prudencia. Estas fuerzas son como otras fuerzas de nuestro cuerpo: cuanto más las usamos, más fuertes se vuelven. Así, al forzar continuamente a nuestros impulsos e instintos a someterse a nuestro intelecto y a nuestra comprensión del Din, nuestra mente se hará más fuerte y esos impulsos e instintos se debilitarán. Finalmente, como resultado del esfuerzo constante, practicar el Din y obedecer los mandatos de Al’lah (Ta‘ala) se convertirá en nuestra verdadera naturaleza y en nuestro instinto.

Cuando esto ocurra, así como una persona hambrienta no puede pensar en otra cosa que no sea comida debido al impulso del hambre, nosotros nos volveremos tales que, cuando llegue la hora del Salah, no podremos pensar en otra cosa y no nos sentiremos tranquilos hasta haberla realizado. Del mismo modo, desobedecer a Al’lah (Ta‘ala) nos causará tal malestar y aflicción que perderemos el apetito, no podremos dormir y nos sentiremos miserables hasta expiar nuestro pecado y enmendar nuestra falta.

Lo contrario es extremadamente peligroso: una persona que peca con tanta regularidad que sus instintos más bajos toman el control por completo y se queda sin inteligencia alguna. Para una persona así, el pecado y el vicio se convierten en su segunda naturaleza, y obedecer a Al’lah (Ta‘ala) se vuelve muy difícil para él. Así, pasar toda la noche viendo películas, de fiesta o charlando con amigos le será fácil y placentero, pero realizar solo cuatro Rakat del Salah de Fayr le resultará insoportable. Pasar un día entero en la playa o en el centro comercial será algo que esperará con entusiasmo, pero asistir a un Talim (charla) será motivo de temor. Leer novelas o blogs de manera regular será sencillo, pero abrir el Sagrado Corán será difícil.

Es hora de que actuemos con inteligencia: asegurarnos de que nuestros impulsos e instintos sean supeditados a nuestra comprensión del Din, y no al revés.

Este artículo fue publicado gracias a la colaboración de USWATUL MUSLIMAH.